Keraban el testarudo
Keraban el testarudo —¡Ya valÃa la pena!
—Y después —repuso Van Mitten— he partido, no sin haber dado órdenes para dividir mi parte de fortuna y enviarla al Banco de Constantinopla. Después he huido de Rotterdam con mi fiel Bruno, decidido a no entrar en mi casa hasta que la señora Van Mitten la abandone… para ir a un mundo mejor…
—¡O no arranque tulipanes! —dijo Ahmet.
—Y bien, amigo Kerabán —repuso Van Mitten—, ¿habéis tenido muchas terquedades que os hayan costado doscientas mil piastras?
—¿Yo? —respondió Kerabán, ligeramente picado por la observación de su amigo.
—¡Verdaderamente —dijo Ahmet—, mi tÃo las ha tenido, y por mi parte conozca una!
—¿Cuál? —preguntó el holandés.
—¡Esta terquedad que le obliga, por no pagar diez paras, a dar la vuelta al mar Negro, le costará mucho más caro que lo sucedido con vuestros tulipanes!
—¡Costará lo que costará! —respondió Kerabán con tono seco—. ¡Pero me parece que mi amigo Van Mitten no ha pagado muy cara su libertad! ¡He ahà las desventajas de no tener más que una mujer! ¡Mahoma conocÃa bien a ese sexo encantador cuando permitÃa a sus adeptos tener tantas como quisiesen!
—¡Cierto! —respondió Van Mitten—. ¡Creo que diez mujeres se gobiernan mejor que una sola!