Keraban el testarudo

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Y sin embargo, Crimea, en su parte meridional, que vale más ella sola que todas las áridas islas del archipiélago, con el Chatir-Dag, que eleva a quinientos metros de altura su meseta, en la que se podría organizar un festín para todos los dioses del Olimpo; sus anfiteatros de bosques, cuyo manto de verdura se extiende hasta el mar; sus grupos de castaños, olivos, cipreses, almendros; sus cascadas cantadas por Puchkin, ¿no es el más bello panorama de aquella corona de provincias, que se extiende desde el mar Negro al mar Ártico? ¿No es bajo su clima vivificador y templado donde los rusos del Norte, como los rusos del Sur, van a buscar, los unos refugio contra los rigores del invierno hiperboreal, los otros un abrigo contra las calurosas brisas del verano? ¿No es allí, alrededor del cabo Aia, frontal del ariete, sobre el que se estrellan las olas del Ponto Euxino, en la extremidad sur de la Táurida, donde se han fundado colonias de palacios, casas de campo y granjas? ¿No se asientan allí bellas ciudades: Yalta, Alupka, que pertenecen al príncipe Woronsov, mansión feudal por el exterior, sueño de una imaginación oriental en el interior; Kisil-Tasch, que pertenece al conde Poniatovski; Artek, al príncipe André Galitzin; Marsanda, Orcanda, Eriklik, propietarios imperiales; Livadia, admirable palacio, con sus fuentes, sus torrentes, sus jardines de invierno, retiro favorito de la Emperatriz de todas las Rusias?


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