Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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Aquella observación del holandés no ocasionó ninguna discusión. Kerabán no era cazador, y, por otra parte, Ahmet pensaba en otra cosa.

No se cruzó entre los viajeros ni una sola palabra, hasta que una bandada de patos, asustada por el carruaje, echó a volar en el momento en que dejaban el litoral a la izquierda para ir oblicuamente al Sudeste, haciendo exclamar a Van Mitten:

—¡He aquí una compañía! ¡Hay todo un regimiento!

—¿Un regimiento? ¡Queréis decir un ejército! — replicó Kerabán, que se encogió de hombros.

—¡Es verdad, tenéis razón! —repuso Van Mitten—. ¡Hay por lo menos cien mil patos!

—¡Cien mil patos! —exclamó Kerabán—. ¿Si dijeseis doscientos mil?

—¡Oh! ¡Doscientos mil!

—Y aún diría trescientos mil, Van Mitten, y todavía no acertaría.

—Tenéis razón, amigo Kerabán —respondió el holandés prudentemente, no deseando que su compañero le arrojase un millón de patos a la cabeza.

Pero, en suma, era él quien tenía razón. Cien mil patos es un buen número; pero no había menos en aquella prodigiosa nube de volátiles que proyectó una inmensa sombra sobre la bahía, destacándose ante el sol.


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