Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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Todo estaba bien convenido; el carruaje, la indestructible carroza, a la que solamente se hicieron algunas reparaciones poco importantes, abandonó el pueblo de Kajewskaia en la mañana del 7 de setiembre, y se dirigió por el camino del litoral. Ahmet estaba resuelto a marchar con la mayor rapidez posible. Veinticuatro días les quedaban todavía para acabar su itinerario y llegar a Scutari en el plazo fijado. En aquel punto, su tío estaba conforme con él. Sin duda, Van Mitten hubiese preferido viajar a su gusto, recoger impresiones más duraderas, y no verse en la necesidad de llegar en un día determinado; pero no se le consultaba. No era sino un convidado a comer en casa de su amigo Kerabán, a cuyo efecto se le conducía a Scutari; ¿qué más podía pedir?

Sin embargo, Bruno, por deber de conciencia, en el momento de aventurarse en la Rusia caucásica creyó conveniente hacerle algunas observaciones. El holandés, después de haberle escuchado, le mandó concluir.

—Pues bien, señor —dijo Bruno—; ¿por qué no abandonamos al señor Kerabán y al señor Ahmet, y que corran los dos solos, sin tregua ni descanso, a lo largo de ese mar Negro?

—¡Dejarlos, Bruno! —exclamó Van Mitten.

—Dejarlos, sí, señor; dejarlos, después de desearles buen viaje.

—¿Y quedarnos aquí…?


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