Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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—¡Después del cañonazo! —repitió por última vez el turco, haciendo desaparecer la pipa entre los pliegues de su caftán.

—Ven, Bruno —dijo entonces Van Mitten—; es necesario no herir las creencias ni las costumbres del país que se visita.

—Sí, sí, buenas costumbres te dé Dios; costumbres de ladrones —contestó Bruno.

—Vamos, te digo. Mi amigo Kerabán debe hallarse en esta plaza a las siete o poco antes. Continuaremos nuestro paseo, y ya le encontraremos a su debido tiempo.

Van Mitten arrastró, por decirlo así, a Bruno, cuyo despecho no conocía límites desde que, de un modo tan violento, le habían arrancado su pipa, hacia la cual, como acontece a los verdaderos fumadores, sentía no poco apego.

Los dos turcos quedaron solos, y el que acababa de arrebatar a Bruno su pipa dijo a su compañero:

—En verdad que estos extranjeros se permiten unas libertades…

—¡Hasta se permiten fumar antes de la puesta del sol!

—¿Quieres fuego? —añadió el otro.

—Con mucho gusto —le contestó su compañero, encendiendo su cigarrillo.


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