Keraban el testarudo
Keraban el testarudo —¡Bien, muy bien! —exclamĂł Kerabán—. Maña estaremos en Trebisonda; despuĂ©s, en diez dĂas, en Scutari…, donde tendremos una buena comida… la comida a la que os he invitado, amigo Van Mitten, y que celebraremos.
—Nos la debéis, amigo Kerabán.
—¿Una comida en Scutari? —dijo Bruno al oĂdo de su amo—. ¡SĂ…, si llegamos!
—¡Vamos, Bruno! —replicó Van Mitten—. Un poco de valor, qué diablo…, aunque no sea más que por el honor de nuestra Holanda.
Scarpante, escondido, escuchaba los párrafos que se cambiaban entre los viajeros, y espiaba el momento oportuno en que le conviniese intervenir.
—Pues bien —preguntó Kerabán—, ¿cuál es la habitación destinada a estas dos jóvenes?
—Ésta —respondió Kidros, indicando una puerta situada a la izquierda del muro.
—Entonces, buenas noches, pequeña Amasia —respondió Kerabán—, y que Alá te proporcione agradables sueños.
—Igualmente, señor Kerabán —respondió la joven—. Hasta mañana, querido Ahmet.
—Hasta mañana, querida Amasia —respondió el Joven, después de haber abrazado a Amasia.
—¿Vienes, Nedjeb? —dijo Amasia.