Keraban el testarudo
Keraban el testarudo 
—Ni a mà —añadió la joven.
—¡Eh, yo no quiero mal a nadie…! Ni siquiera a Van Mitten, que ha tenido la idea…, la imperdonable idea de quererme abandonar en el camino.
—¡Oh!, no hablemos de eso —repitió Van Mitten—, ni ahora ni nunca.
—¡Por Mahoma! —exclamó Kerabán—, ¿por qué no hablar de eso? Una pequeña discusión sobre eso… o sobre otra cualquier cosa… os avivarÃa la sangre.
—CreÃa, tÃo —observó Ahmet—, que habÃais tomado la resolución de no discutir más.
—¡Es verdad! Tienes razón, sobrino, y verás como no me vuelves a reprender, aunque tuviese cien veces razón.
—¡Veremos! —dijo Nedjeb.
—Por otra parte —repuso Van Mitten—, lo mejor que podemos hacer es descansar unas cuantas horas con un buen sueño.
—Si se puede dormir aquà —murmuró Bruno, de bastante mal humor como siempre.
—¿Tenéis habitaciones que darnos para pasar la noche? —preguntó Kerabán a Kidros.
—SÃ, señor —respondió este último—, tantas como deseéis.