Keraban el testarudo
Keraban el testarudo La noble Sarabul no podía perder aquella ocasión de exhibir a su novio en público. En cuanto a Kerabán, a su sobrino, a las dos jóvenes y a los dos criados, ¿qué mejor podían hacer, para pasar las horas de la noche, que asistir con gran aparato a aquel maravilloso espectáculo?
Maravilloso, en efecto, y como sólo lo hubiese podido ser en aquel país de Oriente, en el que todos los sueños de este mundo se transforman en realidades en el otro. Lo que iba a ser aquella fiesta dada en honor del Profeta, sería más fácil al pincel representarla, empleando todos los tonos de la paleta, que a la pluma describirlo, aun adoptando las cadencias, las imágenes y las estrofas de los más grandes poetas del mundo.
«La riqueza está en las Indias —dice un proverbio turco—; el espíritu, en Europa; la pompa, en los otomanos».
Y, realmente con una pompa incomparable se desarrollaron las incidencias de una poética leyenda a la que las más graciosas hijas del Asia Menor presentaron el encanto de sus danzas y el encanto de su belleza.