Keraban el testarudo

Keraban el testarudo

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Y el joven, llevando a Amasia, seguido de Selim, Nedjeb y Nizib, salió del salón, después de la finca; y, algunos instantes después, todos embarcaban en un caique para volver a Constantinopla.

Kerabán se quedó solo; iba y venía con la más extrema agitación.

—¡No, por Alá, no, por Mahoma! —se decía—. ¡Sería indigno de mí…! ¡Haber dado la vuelta al mar Negro por no pagar el impuesto, y, al regreso, sacar de mi bolsillo diez paras…!, ¡No!, renunciaría a poner el pie en Constantinopla…! ¡Vendería mi casa de Galata…! ¡Cesaría en los negocios…! ¡Daría toda mi fortuna a Ahmet, para remplazar la que Amasia pierde…! Será rico…, y yo… seré pobre… Pero no, no cederé jamás… ¡No cederé!

Y al hablar así, el combate que tenía lugar en su interior se desencadenaba con más violencia.

—¡Ceder, pagar! —repetía—. Yo, Kerabán… Llegar ante el jefe de policía que me desafió… que me vio partir… que aguarda mi vuelta… que me despreciaría ante todos reclamándome este odioso impuesto… ¡Jamás!

Era evidente que Kerabán luchaba con su conciencia, y que sentía que las consecuencias de aquella terquedad, absurda en el fondo, recaerían sobre otros.


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