Keraban el testarudo
Keraban el testarudo —¡SÃ! —repetÃa—. Pero ¿querrá Ahmet aceptar? ¡Ha partido desolado y furioso a causa de mi terquedad…! Yo concibo… Rehusará todo trato conmigo… Veamos… ¡Soy un hombre honrado…! ¿Voy, por una estúpida resolución, a impedir la felicidad de esos jóvenes…? ¡Ah, que Mahoma ahogue al Diván entero, y con él a todos los turcos del nuevo régimen!
Kerabán andaba por el salón con paso febril. Empujaba con el pie los divanes y los cojines. Buscaba algún objeto que romper para calmar su furor, y bien pronto dos jarrones volaron en pedazos. Después volvÃa siempre a lo mismo:
—Amasia… Ahmet… ¿no? No puedo ser la causa de su desgracia… y esto por una cuestión de amor propio… ¡Retardar su matrimonio… es impedirlo tal vez…! Pero, ¡ceder…!, ¡ceder…! ¡Yo…! ¡Ah, que Alá me ayude!
Y a aquella última invocación, Kerabán, poseÃdo de una de esas cóleras que no pueden describirse con palabras, se lanzó fuera del salón.