Keraban el testarudo

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CAPÍTULO XVI

DONDE SE DEMUESTRA UNA VEZ MÁS QUE NO HAY NADA COMO LA CASUALIDAD PARA ARREGLAR LAS COSAS

Si había fiesta en Scutari, si en sus barrios, desde el puerto hasta el palacio del Sultán, había grande gentío, éste no era menos considerable al otro lado del estrecho, en Constantinopla, en los barrios de Galata, desde el primer puente de barcas hasta los cuarteles de la plaza de Top-Hané. Tanto las aguas dulces de Europa, que forman el puerto del Cuerno de Oro, como las aguas saladas del Bósforo, desaparecían bajo las flotillas de caiques; empavonadas embarcaciones, chalupas de vapor llenas de turcos, albanos, griegos, europeos o asiáticos, que hacían un incesante vaivén entre las orillas de los dos continentes.

Verdaderamente, debía ser un atractivo y poco ordinario espectáculo el que podía atraer tal concurso popular.

Por lo tanto, cuando Ahmet y Selim, Amasia y Nedjeb, después de haber pagado el nuevo impuesto desembarcaron en la escalera de Top-Hané, se encontraron sumergidos en el bullicio, en el que estaban de poco humor para tomar parte.

Pero, puesto que el espectáculo, cualquiera que fuese, había tenido el privilegio de atraer tal multitud, era natural que Van Mitten, su futura, la noble Sarabul y su cuñado Yanar, seguidos del obediente Bruno, estuviesen entre el número de curiosos.


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