La casa de vapor
La casa de vapor En la parte posterior del salón, otra puerta de madera preciosa, que hacía frente a la del balcón, daba entrada al comedor, iluminado no solamente por ventanas laterales, sino también por una cubierta de cristal opaco. Alrededor de la mesa que ocupaba el centro, podían tomar asiento ocho convidados, y como nosotros no éramos más que cuatro, debíamos estar con gran comodidad. Aparadores de todas clases, cargados de todo ese lujo de cristal, plata y porcelana que exige el refinamiento inglés, amueblaban y adornaban el comedor. Por supuesto que todos los objetos frágiles tenían su especie de nicho especial, como sucede a bordo de los buques, y estaban al abrigo de choques, aun en los peores caminos, si nuestro tren se veía obligado a aventurarse por ellos.
La puerta posterior del comedor daba acceso a un corredor que terminaba en un balcón igualmente cubierto por otra galería de columnas. A lo largo de este corredor había cuatro gabinetes iluminados lateralmente, cada uno de los cuales contenía una cama, un tocador, un armario y un diván, dispuestos como las cámaras de los más ricos buques transatlánticos. El primero de estos gabinetes, el de la izquierda, estaba ocupado por el coronel Munro; el segundo, a la derecha, por el ingeniero Banks; a este seguía el cuarto del capitán Hod, y después el mío, a la izquierda del que ocupaba el coronel Munro.