La casa de vapor
La casa de vapor —Señor Maucler —me dijo el sargento MacNeil—, esto me recuerda los últimos dÃas de mayo, cuando sir Hugh Rose, solo con una baterÃa de dos piezas, trató de abrir brecha en el recinto de Lucknow. HacÃa dieciséis dÃas que habÃamos pasado el Betwa y en todo este tiempo no habÃamos quitado una sola vez el freno a los caballos. Peleábamos entre enormes murallas de granito, lo que era lo mismo que si estuviésemos entre las paredes de ladrillo de algún alto horno. Por nuestras filas pasaban los chitsis que llevaban agua en odres, y mientras disparábamos nos la vertÃan sobre la cabeza, sin lo cual habrÃamos caÃdo asfixiados. Me acuerdo muy bien: yo estaba medio muerto; parecÃa que mi cráneo iba a estallar, y hubiera caÃdo en tierra si el coronel Munro, que me habÃa visto, no hubiese arrancado un odre de las manos de un chitsi y lo hubiera vertido sobre mÃ; y vea usted, aquel odre era el último que los chitsis habÃan podido proporcionarse. Eso no se olvida nunca, amigo mÃo. Yo entonces prometà a mi coronel gota de sangre por gota de agua. Aunque hubiera dado yo toda la mÃa, aún le hubiera quedado deudor.
—Sargento MacNeil —pregunté yo—, ¿no cree usted que desde que salimos de Calcuta, el coronel Munro parece más pensativo que de costumbre?