La casa de vapor
La casa de vapor La precaución no era inútil, porque la luna acababa de levantarse e iluminaba, aunque débilmente, el paisaje. El indio hubiera podido ver que le espiaban y hasta que era seguido de cerca, pero no hubiera podido oír los pasos del faquir, porque este, con los pies descalzos, parecía más bien deslizarse que andar, y ningún ruido daba indicio de su presencia en las orillas del Dudhma. Transcurrieron así cinco minutos, y el indio llegaba a la miserable barca donde tenía la costumbre de pasar la noche. La dirección que seguía no podía explicarse de otro modo; parecía hombre habituado a frecuentar todas las noches aquel lugar desierto; iba completamente absorto en el pensamiento de los pasos que había decidido dar al día siguiente para presentarse al gobernador. La esperanza de vengarse del nabab, que no había sido benévolo con sus prisioneros, unida a la enorme codicia de ganar el premio ofrecido, le convertían en ciego y sordo.
No tenía, pues, la menor idea del peligro a que le habían expuesto sus imprudentes palabras.
No vio al faquir acercarse poco a poco a él.
Pero, de pronto, un hombre saltó sobre él como un tigre, con un relámpago en la mano. Este relámpago era producido por un rayo de luna que se reflejó sobre la hoja de un puñal malayo.
El indio, herido en el pecho, cayó al suelo.