La casa de vapor
La casa de vapor En fin, después de haber admirado los magnÃficos parques que forman como un cinturón de verdor y de flores en torno de esta gran ciudad de quinientos mil habitantes, y después de haber recorrido, montado en un elefante, las calles principales y su magnÃfica alameda de Hazrat-Gaudj, volvà a tomar el tren y regresé aquella misma noche a Cawnpore.
Al dÃa siguiente, 31 de mayo, al amanecer, emprendimos la marcha.
—En fin —exclamó el capitán Hod—, ya hemos concluido con Allahabad, Cawnpore, Lucknow y las demás ciudades, que a mà me importan lo mismo que un cartucho vacÃo.
—SÃ, hemos concluido, Hod —respondió Banks—, y ahora vamos a marchar directamente hacia el norte, hasta la base del Himalaya.
—¡Bravo! —dijo el capitán—. Lo que yo llamo la India por excelencia no son las provincias cubiertas de ciudades o pobladas de indios, sino aquellas donde viven en libertad mis amigos los elefantes, los leones, los tigres, las panteras, los leopardos, los osos, los búfalos y las serpientes. Esa es la única parte verdaderamente habitable de la penÃnsula. Usted la verá, Maucler, y no sentirá haber abandonado las maravillas del valle del Ganges.
—En compañÃa de usted no echaré nada de menos, mi querido capitán —contesté.