La casa de vapor
La casa de vapor Debo decir que, desde el instante en que nuestro viaje entró en una nueva fase, el coronel Munro se mantuvo menos reservado. Me pareció que se hacía más sociable, una vez alejado de las ciudades y viviendo en los bosques y en las llanuras apartadas del valle del Ganges, que acabábamos de recorrer. En estas condiciones, parecía que recobraba la tranquilidad de la existencia que había llevado en Calcuta. Sin embargo, ¿podía olvidar que su casa portátil se dirigía hacia el norte de la India, adonde le atraía alguna fatalidad irresistible? De todos modos, su conversación era más animada durante las comidas y en las horas de la siesta, y a veces en las horas de alto se prolongaba hasta bien entrada la noche, que todavía en la estación de los calores es hermosa. En cuanto a MacNeil, desde la visita al pozo de Cawnpore, me parecía más taciturno. La visita del Bibi-Ghar, ¿habría reavivado en él un rencor que pensaba satisfacer todavía?
Un día me dijo:
—No, señor Maucler, no; no es posible que hayan matado a Nana Sahib.