La casa de vapor
La casa de vapor El primer día se pasó sin incidentes que merezcan la pena de mencionar. Ni el capitán Hod, ni Fox, tuvieron ocasión de apuntar a ningún animal. Esto era desconsolador y hasta extraordinario, tanto que se preguntaban si la aparición del Gigante de Acero sería lo que causara la ausencia de las terribles fieras de aquellas llanuras. En efecto, costeamos algunos bosques, que son el retiro habitual de los tigres y otras fieras; pero ninguno se mostró, no obstante que los dos cazadores se habían apartado hasta una o dos millas a uno y otro lado de nuestro convoy. Tuvieron, pues, que resignarse a llevar a Black y a Fan para la caza menor, que reclamaba diariamente monsieur Parazard. En esto nuestro cocinero negro no admitía excusas; y cuando el asistente le hablaba de tigres, leopardos u otros animales poco comestibles, se encogía desdeñosamente de hombros y decía:
—¿Acaso puede eso comerse?
Aquella noche acampamos al abrigo de un grupo de enormes bananeros. La noche fue tan tranquila como lo había sido el día, sin que turbaran el silencio los rugidos de las fieras. Nuestro elefante descansaba; no se oían tampoco sus barritos; los fuegos del campamento se habían apagado y, para satisfacer al capitán, Banks no había querido siquiera establecer la corriente eléctrica, que convertía los ojos del elefante en dos poderosos fanales. Pero todo fue inútil; el capitán no pudo encontrar una fiera.