La casa de vapor
La casa de vapor Lo mismo sucedió en los dÃas 1 y 2 de junio. Era para desesperarse.
—Me han cambiado mi reino de Oude —no cesaba de repetir el capitán—; me lo han transportado a Europa. No hay aquà más tigres que en las llanuras de Escocia.
—Es posible, mi querido Hod —dijo el coronel Munro—, que se hayan hecho batidas en estos territorios y que las fieras hayan emigrado en masa. Pero no se desespere usted y aguarde a que lleguemos al pie de las montañas del Nepal. Allà podrá usted ejercer útilmente sus instintos de cazador.
—Esa esperanza me anima, mi coronel —respondió Hod, moviendo la cabeza—. Sin eso, tendrÃamos que fundir las balas para hacer perdigones.
El dÃa 3 de junio fue uno de los más calurosos que habÃamos sufrido hasta entonces. Si el camino no hubiera estado sombreado por grandes árboles, creo que nos habrÃamos asado en nuestra casa portátil. El termómetro subió a 47 grados a la sombra y no habÃa un soplo de aire. Era, pues, posible que, con semejante temperatura y en aquella atmósfera de fuego, las fieras no pensaran en salir de sus cuevas, ni siquiera durante la noche.