La casa de vapor

La casa de vapor

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Al día siguiente, 4 de junio, al salir el sol, el horizonte se presentó por primera vez bastante nublado hacia el oeste, y entonces tuvimos oportunidad de contemplar el magnífico espectáculo de uno de esos fenómenos de espejismo que en ciertas partes de la India se llaman sikote o castillos aéreos, y en otras desasur o ilusión. No eran, en efecto, mares con sus curiosos reflejos los que parecían extenderse a nuestra vista; era toda una cordillera de colinas poco elevadas, coronada de los castillos más fantásticos, algo parecidos a las alturas de un valle del Rin con los antiguos castillos de los burgraves. Por un momento nos encontramos transportados, no solamente a la parte romana de la vieja Europa, sino a quinientos o seiscientos años atrás, en plena Edad Media.

Este fenómeno, cuya claridad era sorprendente, nos parecía absolutamente real. Así, el Gigante de Acero, con todo el aparato de la maquinaria moderna marchando hacia una ciudad del siglo XI, me parecía una cosa más extraordinaria, y más fuera de lugar y de país, que cuando corría coronado por sus penachos de vapores por las tierras de Visnú y de Brahma.

—Gracias, señora Naturaleza —exclamó el capitán Hod—. Después de tantos minaretes y tantas cúpulas, mezquitas y pagodas, nos presentas una vieja ciudad de la época feudal con las maravillas romanas o góticas que despliega a nuestra vista.


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