La casa de vapor

La casa de vapor

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—¡Qué poético está esta mañana nuestro amigo Hod! —dijo Banks—. Antes de almorzar se habrá comido una balada.

—No se burle usted, Banks —respondió el capitán—. En vez de burlarse, observe. Allí tiene usted los objetos que se aumentan en los primeros términos del cuadro; allí tiene usted arbustos que se convierten en árboles, las colinas que se hacen montañas, los…

—Los simples gatos, que se transformarían en tigres si hubiera gatos, ¿no es verdad, Hod?

—¡Ah, Banks! No sería cosa despreciable… Pero ya se hunden mis castillos del Rin; ya desaparece la ciudad y volvemos a caer en la realidad; tenemos un simple paisaje del reino de Oude, paisaje que las fieras no se dignan habitar.

En efecto, el sol, subiendo más por el horizonte, acababa de modificar instantáneamente los juegos de la refracción. Las ciudades que teníamos a la vista, como castillos de naipes, caían sobre la colina y esta se transformaba en llanura.

—Pues bien, ya que el espejismo ha desaparecido —dijo Banks—, y que con él se ha disipado toda la vena poética del capitán Hod, ¿quieren ustedes, amigos míos, saber lo que presagia ese fenómeno?

—Dígalo usted, ingeniero —respondió el capitán.


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