La casa de vapor

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—Están locos —dijo Banks—. Imposible hacerles oír la razón. Ciertamente hubiera valido más que se hubiesen quedado.

—Sin duda, Banks; pero ya han marchado —respondió el coronel Munro—, y es preciso hacer lo posible para que hallen el camino de regreso.

—¿No hay medio de hacerles una señal que les indique dónde estamos? —pregunté yo al ingeniero.

—Sí —contestó Banks—, encendiendo nuestros fanales eléctricos, que son de un gran poder de iluminación y se ven de muy lejos. Voy a establecer la corriente.

—¡Excelente idea, Banks!

—¿Quiere usted que salga yo en busca del capitán? —preguntó el sargento.

—No, mi buen Neil —respondió el coronel Munro—, porque no los encontrarías y te perderías tú.

Banks se puso en disposición de utilizar los fuegos; estableció la corriente, y en breve los dos ojos del Gigante de Acero, como dos faros, prolongaban su haz luminoso a través de la sombra que hacían los bananeros. Cierto que en aquella noche oscura el alcance de los fanales debía ser muy considerable y podía guiar a nuestros cazadores.


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