La casa de vapor
La casa de vapor Sir Edward Munro, Banks, MacNeil y yo no dejábamos el salón más que para asomamos a la galería. Al mirar las altas copas de los bananeros, las veíamos dibujarse como un fino encaje negro sobre el fondo encendido del cielo. No había un relámpago que no fuese seguido a los pocos segundos por el rugido del trueno. No había tenido tiempo de extinguirse un eco, cuando se repetía un nuevo estallido. El ruido era profundo y continuo, y sobre él se destacaban a veces detonaciones secas de esas que Lucrecio ha comparado tan justamente con el ruido del papel que se desgarra.
—¿Cómo es que la tempestad no les ha hecho regresar todavía? —decía el coronel Munro.
—Quizá —respondió el sargento— el capitán Hod y sus compañeros han encontrado abrigo en el bosque, en el hueco de algún árbol o de alguna roca, y no vendrán hasta mañana.
Banks movió la cabeza muy alarmado; no parecía ser de la opinión de MacNeil.
En aquel momento, eran ya cerca de las nueve, comenzó la lluvia a caer con gran violencia mezclada de enormes granizos que nos lapidaban y saltaban sobre el techo de la «Casa de Vapor». Era como un redoble seco de tambores, y hubiera sido imposible oír una conversación aun cuando los estallidos del trueno no hubieran llenado el espacio. Las hojas de los bananeros, desmenuzadas por el granizo, revoloteaban por todas partes.