La casa de vapor

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Banks no podía hacerse oír en medio de aquel tumulto, y, tendiendo los brazos, nos señaló los granizos que daban sobre los costados del Gigante de Acero.

¡Espectáculo sorprendente! Todo centelleaba al contacto de aquellos cuerpos duros. Parecía que caían de las nubes verdaderas gotas de un metal en fusión, que, chocando con el acero, despedían chorros luminosos. Aquel fenómeno indicaba hasta qué punto la atmósfera estaba saturada de electricidad. La batería fulminante la atravesaba sin cesar hasta tal punto, que todo el espacio parecía en vivas llamas.

Banks, con un imperioso ademán, nos hizo entrar en el salón y cerró la puerta que daba a la galería. Había, en efecto, grave peligro en exponerse al aire libre al choque de las influencias eléctricas.

Estábamos envueltos por una oscuridad que hacía más completa la fulguración exterior. Entonces, con admiración nuestra, vimos que la saliva que escupíamos era luminosa. Era necesario que estuviésemos impregnados del fluido ambiente hasta un punto extraordinario, para que se verificase aquel fenómeno.


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