La casa de vapor

La casa de vapor

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—Sí, cegado por el humo, por el vapor, por el polvo y más aún por la rapidez de la marcha. No reniego de los caminos de hierro porque su oficio de usted es construirlos, señor Banks, ¿pero me dirá usted si es viajar esto de meterse en un coche sin tener más campo de vista que el cristal de las ventanillas; correr día y noche con una velocidad media de diez millas por hora, atravesando unas veces viaductos en compañía de águilas, otras túneles en compañía de los murciélagos o de las ratas; detenerse solo en las estaciones, que parecen todas iguales; ver las poblaciones solamente por el exterior o por la punta de los minaretes y llevar aturdidos los oídos por los incesantes mugidos de la locomotora, los silbidos de la caldera y el rechinamiento de los carriles y de los frenos?

—Bien dicho —exclamó el capitán Hod—. Conteste usted a eso si puede, Banks. ¿Qué le parece a usted, mi coronel?

El coronel a quien se dirigía el capitán Hod inclinó ligeramente la cabeza y se contentó con decir:

—Tengo curiosidad por saber lo que Banks va a responder al señor Maucler, nuestro huésped.

—Pues no es difícil la respuesta —dijo el ingeniero—: confieso que Maucler tiene razón en cuanto ha dicho.

—Entonces —exclamó Hod—, ¿para qué construye usted ferrocarriles?


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