La casa de vapor
La casa de vapor Durante este dÃa ocho, el capitán Hod tuvo ocasión de lamentar no haber podido disparar un buen tiro.
El camino tenÃa a un lado y a otro espesos matorrales de bambúes como los que se encuentran alrededor de aquellas aldeas que parecen construidas sobre una canastilla de flores. Aquel no era todavÃa el matorral verdadero, palabra que en sentido indio se aplica a la llanura accidentada, desnuda, estéril, dominada por lÃneas de maleza y arbustos de color gris. Estábamos, por el contrario, en paÃs cultivado, en medio de un territorio fértil, cubierto en toda su extensión de arrozales pantanosos.
El Gigante de Acero marchaba tranquilamente, dirigido por la mano de Storr, lanzando sus lindos penachos de vapor que el viento esparcÃa sobre los bambúes del camino. De pronto, saltó un animal con una agilidad sorprendente y se arrojó sobre el cuello de nuestro elefante.
—¡Un chital, un chital! —exclamó el maquinista.
Al oÃr este grito, el capitán Hod se lanzó al balcón anterior y tomó su fusil, que tenÃa siempre allà dispuesto.
—¡Un chital! —exclamó a su vez.
—TÃrele usted —dije yo.
—Tengo tiempo —respondió el capitán Hod, que se contentó con apuntar al animal.