La casa de vapor

La casa de vapor

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No eran estas las fieras con que soñaba el capitán Hod. Sin embargo, si el nilgó no es feroz, no deja de ser peligroso cuando, estando herido ligeramente, se revuelve contra el cazador. Una primera bala del capitán y otra de Fox detuvieron en su carrera a estos dos soberbios animales. Fueron muertos, digámoslo así, al vuelo; por tanto, para Fox no eran más que caza de pluma.

Monsieur Parazard, por su parte, fue de otra opinión y los excelentes guisados y asados que nos sirvió en el mismo día nos pusieron a todos de su parte.

En breve vimos al chital trepar a la cabeza del elefante.

El ocho de junio, al amanecer, dejamos el campamento, que había estado establecido cerca de una aldea de Rohilkhande. Habíamos llegado a ella la noche anterior después de haber caminado los cuarenta kilómetros que la separan de Rewah. Nuestro tren había marchado, pues, con una velocidad muy moderada por un suelo bastante humedecido por las lluvias. Los arroyos comenzaban a crecer y muchos vados nos causaron un retraso de algunas horas. Pero al fin no habíamos perdido sino uno o dos días, porque estábamos seguros de llegar antes de fin de junio a la región montañosa donde contábamos instalar la «Casa de Vapor» durante algunos meses de la estación de verano como si fuera en una especie de sanitarium. No teníamos, pues, nada que temer bajo este punto de vista.


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