La casa de vapor

La casa de vapor

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Después, dirigiéndose a mí sin perder de vista al leopardo, que nos miraba, me preguntó:

—¿No ha matado usted nunca un chital, Maucler? ¿Quiere usted matar uno?

—Capitán —contesté—, no quiero privar a usted de ese golpe tan magnífico.

—¡Bah! —dijo—. Este no es un golpe de cazador. Tome usted un fusil y apunte a ese animal a la paletilla; si no le da usted, yo le heriré al vuelo.

—Bien…

Fox, que se había acercado a nosotros, me dio una carabina que tenía en la mano. La tomé, la armé, apunté a la paletilla del leopardo, que continuaba inmóvil, y disparé.

El animal, herido, aunque ligeramente, dio un salto enorme, y pasando por encima de la torrecilla del maquinista, vino a caer sobre el primer techo de la «Casa de Vapor».

El capitán Hod, aunque era muy buen cazador, no tuvo tiempo para tirarle al paso.

—Ahora es nuestro turno, Fox —exclamó.

Y ambos se lanzaron fuera de la galería y se apostaron en la torrecilla.

El leopardo, que iba y venía de un lado a otro, se lanzó sobre el techo de la segunda casa dando un salto.


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