La casa de vapor

La casa de vapor

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En el momento en que el capitán iba a hacer fuego, el animal dio otro salto, se precipitó al suelo, se levantó con un vigoroso impulso, y desapareció en la espesura.

—¡Alto, alto! —gritó Banks al maquinista, el cual, cerrando la introducción del vapor, detuvo el tren con el freno atmosférico.

El capitán y Fox saltaron al camino y se lanzaron a la espesura persiguiendo al chital.

A los pocos minutos, mientras escuchábamos, no sin cierta impaciencia y sin que se oyese ningún disparo, vimos volver a los dos cazadores con las manos vacías.

—¡Ha desaparecido! ¡Voló! —exclamó el capitán Hod—. No ha dejado ni una huella en la hierba.

—Eso es culpa mía —dije al capitán—. Hubiera valido más que en mi lugar hubiese usted disparado y así no se hubiera podido escapar.

—Estoy seguro de que usted le tocó —respondió Hod—, aunque no en el sitio debido.

—No es ese, mi capitán, el que hará el número treinta y ocho de mi lista, ni el cuarenta y uno de la de usted —dijo Fox muy desanimado.

—¡Bah! —dijo el capitán Hod afectando indiferencia—: un chital, no es un tigre. Si hubiera sido un tigre, mi querido Maucler, no le hubiera yo cedido a usted la vez de tirar.


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