La casa de vapor

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—Tanto más —dijo MacNeil— cuanto que todo ha sido por culpa de Fox.

—¡Por mi culpa! —exclamó el asistente, muy sorprendido de aquella observación inesperada.

—Sin duda —dijo el sargento—, la carabina que has dado al señor Maucler no tenía más que perdigones.

Y MacNeil mostraba el segundo cartucho que acababa de sacar del arma que yo había usado, la cual, en efecto, no contenía sino perdigones para cazar perdices.

—¡Fox! —dijo el capitán Hod.

—Mi capitán.

—Dos días de arresto.

—Sí, mi capitán.

Y Fox se retiró a su cuarto resuelto a no presentarse a nosotros hasta después de cuarenta y ocho horas. Estaba avergonzado de su error y quería ocultar su vergüenza.

Al día siguiente, nueve de junio, el capitán Hod, Gumí y yo fuimos a recorrer la llanura junto al camino, durante el alto que Banks quiso concedernos. Había llovido durante toda la mañana, pero se había despejado el cielo y se podía contar con algunas horas de buen tiempo.


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