La casa de vapor
La casa de vapor Por lo demás, no era Hod, el cazador de fieras, el que presidía la partida, sino el cazador de caza menor que iba en interés de nuestra mesa a recorrer la orilla de los arrozales en compañía de Black y de Fan, porque monsieur Parazard había participado al capitán que la despensa estaba exhausta y que esperaba de S. S. que tuviera a bien adoptar las medidas necesarias para llenarla.
El capitán Hod se resignó y salimos armados de simples escopetas de caza. Por espacio de dos horas, nuestra expedición no tuvo más resultado que hacer volar algunas perdices o levantar algunas liebres, pero a tal distancia que, a pesar de la buena voluntad de nuestros perros, fue preciso renunciar a toda esperanza de alcanzarlas.
Por tanto, el capitán Hod estaba de muy mal humor. Además, en medio de aquella vasta llanura, sin matorrales, sin bosque, sembrada de aldeas y de casas de campo, no podía encontrar ninguna fiera que le hubiera indemnizado del chasco de la víspera. No había ido allí sino como proveedor y pensaba en la recepción que le haría monsieur Parazard cuando volviese con el morral vacío.
Sin embargo, la culpa no era nuestra. A las cuatro todavía no habíamos tenido ocasión de disparar un solo tiro. El viento era seco, y como he dicho, toda la caza se hallaba fuera de nuestro alcance.