La casa de vapor
La casa de vapor —Camarada —me dijo el capitán Hod—, esto decididamente se pone mal. Al salir de Calcuta prometĂ a usted magnĂficas cazas, y una fatalidad persistente, cuyas causas no comprendo, me impide cumplir mi palabra.
—No hay que desesperarse, mi capitán —dije yo—. Lo siento solamente por usted; pero ya nos resarciremos en las montañas del Nepal.
—Sà —dijo el capitán Hod—; allĂ, en las primeras estribaciones del Himalaya, las condiciones serán mejores para operar. Vea usted, Maucler, apostarĂa a que nuestro tren, con todo su aparato, con los mugidos del vapor y especialmente con su elefante gigantesco, asusta a estas condenadas fieras más aĂşn que las asustarĂa un tren de camino de hierro, y esto es lo que nos va a ocurrir en toda nuestra marcha. En los descansos es de esperar que seamos más felices. A la verdad que aquel leopardo debĂa de estar loco o muy hambriento para arrojarse sobre nuestro Gigante de Acero, y era digno de haber sido muerto en el acto por una buena bala de calibre. ¡Maldito Fox! No olvidarĂ© jamás lo que ha hecho. ÂżQuĂ© hora es?
—Son cerca de las cinco.
—¡Las cinco ya y no hemos podido quemar un solo cartucho!
—Hasta las siete no nos esperan en el campamento. De aquà a entonces…