La casa de vapor
La casa de vapor —No; la suerte no nos protege —exclamó el capitán Hod—, y, sépalo usted, la suerte interviene en un cincuenta por ciento en el éxito de las cacerÃas.
—La perseverancia también —respondà yo—. Por consiguiente, convengamos, capitán, en no volver con las manos vacÃas. ¿Le parece a usted bien la decisión?
—¿Pues no me lo ha de parecer? —exclamó el capitán Hod—. ¡Muera el que se desdiga!
—Convenido, entonces.
—Llevaré aunque sea una ardilla o un loro antes que volver sin nada.
El capitán Hod, Gumà y yo estábamos en esta disposición de ánimo, en la cual todo parece permitido. Se continuó, pues, la caza con una obstinación digna de mejor suerte; pero hasta los más inofensivos pajarillos parecÃa que habÃan adivinado nuestra intención hostil. Nos fue completamente imposible acercarnos a algunos de ellos.