La casa de vapor

La casa de vapor

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Caminábamos entre los arrozales examinando ya un lado del camino, ya otro, volviendo atrás a fin de no alejarnos mucho del campamento; pero todo en vano. A las seis y media los cartuchos de nuestras escopetas estaban intactos. Aunque hubiéramos hecho la expedición con bastones, el resultado hubiera sido el mismo. Yo miraba al capitán Hod. Caminaba apretando los dientes, frunciendo el entrecejo y próximo a estallar de cólera. Murmuraba entre dientes algunas palabras de vanas amenazas contra todo ser viviente de pluma o de pelo que apareciese en la llanura. Evidentemente, estaba dispuesto a descargar su fusil contra un objeto cualquiera, aunque fuese un árbol o una roca, medio cinegético de desahogar la cólera. El arma le ardía entre los dedos; unas veces la llevaba terciada, otras se la echaba a la espalda cruzando el portafusil, y otras se la echaba al hombro como a pesar suyo.

Gumí, que le observaba, me dijo:

—El capitán se volverá loco si esto continúa.

—Sí —respondí yo—; y de buena gana pagaría treinta chelines por la más modesta paloma doméstica que una mano caritativa pusiera a su alcance. Esto le calmaría.


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