La casa de vapor
La casa de vapor Pero ni por treinta chelines, ni por el doble, ni por el triple hubiéramos podido proporcionarnos a semejantes horas la menos costosa y más vulgar de las aves de caza. La campiña estaba desierta y no veÃamos ni granjas, ni aldeas.
A la verdad, creo que si hubiera sido posible habrÃa enviado a Gumà a comprar a cualquier precio un ave, aunque fuera un pollo desplumado, para entregarlo en represalia a los tiros de nuestro capitán.
La noche se acercaba. Antes de una hora no habrÃa ya claridad suficiente para continuar la infructuosa expedición. Aunque habÃamos convenido en no volver al campamento con los morrales vacÃos, tendrÃamos que hacerlo, a no ser que nos resignáramos a pasar la noche en la llanura. Pero la noche amenazaba ser lluviosa y además el coronel Munro y Banks, no viéndonos llegar, se habrÃan alarmado mucho y era preciso evitarles esta inquietud.
El capitán Hod, con los ojos desmesuradamente abiertos, mirando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, con la prontitud de un ave, marchaba a diez pasos delante de nosotros y en una dirección que positivamente no nos acercaba a la «Casa de Vapor».
Yo iba a apresurar el paso para detenerle y decirle que renunciara al fin a luchar contra la mala suerte, cuando se oyó un gran ruido de alas a mi derecha.