La casa de vapor

La casa de vapor

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Miré: una masa blanquecina se levantaba lentamente por encima de un matorral.

Inmediatamente, antes de que tuviera el capitán tiempo de volverse, me eché la escopeta a la cara y sucesivamente disparé los dos tiros.

El ave desconocida cayó pesadamente al extremo de un arrozal.

Gumí se lanzó de un salto, se apoderó de ella y se la llevó al capitán.

—En fin —exclamó el capitán—, si monsieur Parazard no está contento, que se eche de cabeza en su marmita.

—¿Pero, a lo menos, esa ave se come? —inquirí yo.

—Ciertamente, a falta de otra —replicó el capitán.

—Afortunadamente nadie le ha visto a usted —me dijo Gumí.

—¿He cometido alguna falta?

—Ha matado usted a un pavo real y está prohibido matarlos porque son aves sagradas en toda la India.

—¡Lleve el diablo a estas aves sagradas y a los que las consagran! Este está muerto: lo comeremos devotamente, si tú quieres, pero lo comeremos.


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