La casa de vapor

La casa de vapor

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Nos dirigimos hacia el campamento, del que estábamos separados todavía tres millas. En el camino, que serpenteaba entre espesos matorrales de bambúes, marchábamos uno detrás de otro el capitán y yo. Gumí llevaba el morral, a dos o tres pasos a retaguardia. El sol no había desaparecido todavía, pero estaba oculto por gruesas nubes y era preciso buscar la senda en una semioscuridad.

De improviso, salió de una espesura de la derecha un formidable rugido, el cual me sorprendió tanto que me detuve bruscamente a pesar mío.

El capitán Hod me asió de la mano, exclamando:

—¡Un tigre!

Después se le escapó un juramento.

—¡Trueno de las Indias! —exclamó—. No tenemos más que perdigones en nuestras escopetas.

Era una gran verdad: ni Hod, ni Gumí, ni yo llevábamos cartuchos con bala.

Por lo demás, no hubiéramos tenido tiempo de volver a cargar nuestras armas.

Diez segundos después de haber lanzado un rugido, el animal saltaba fuera de la espesura y caía a veinte pasos de nosotros en el camino.

Era un magnífico tigre de esa especie que los indios llaman comedores de hombres, feroces carnívoros cuyas víctimas se cuentan anualmente por centenares.

La situación era angustiosa.


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