La casa de vapor

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Yo miraba al tigre; lo devoraba con los ojos, y confieso que el fusil me temblaba en la mano. Tenía de 9 a 10 pies de longitud y pelo de color de naranja sembrado de rayas blancas y negras.

Él nos miraba también: sus ojos de gato brillaban en la penumbra; su cola se arrastraba por el suelo y su cuerpo se replegaba como para lanzarse.

Hod no había perdido su serenidad. Apuntaba al animal y murmuraba con un acento imposible de describir:

—¡Perdigones nada más! ¡Matar un tigre con perdigones! Si no le tiro a boca de jarro y no le meto la carga en los ojos, estamos…

El capitán no pudo acabar. El tigre se adelantaba lentamente. Gumí, que se había agazapado detrás de nosotros, le apuntaba también; pero su fusil no tenía carga bastante. En cuanto al mío, no estaba siquiera cargado.

Quise tomar un cartucho de mi cartuchera.

—Quédese usted completamente inmóvil —me dijo el capitán en voz baja—. Al menor movimiento el tigre saltaría, y es preciso que no lo haga.

Los tres permanecimos inmóviles.

El tigre se adelantaba lentamente. Su cabeza, que poco antes se movía de un lado a otro, quedó inmóvil. Sus ojos nos miraban fijamente, pero como a hurtadillas, y su vasta mandíbula entreabierta, que rozaba la tierra, parecía aspirar las emanaciones de la carne humana.


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