La casa de vapor
La casa de vapor En breve el formidable animal no estuvo más que a diez pasos del capitán.
Hod, bien afirmado sobre sus piernas e inmóvil como una estatua, concentraba toda su vida en la mirada. La espantosa lucha que se preparaba, de la cual quizá ninguno de nosotros iba a salir con vida, le tenÃa tan sereno como de costumbre. En aquel momento creà que el tigre iba a saltar por fin. Anduvo todavÃa cinco pasos y yo tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no gritar al capitán Hod:
—Tire usted, capitán.
No; el capitán tenÃa razón, y era aquel evidentemente el único medio de salvación; querÃa quemar los ojos del animal, pero para esto era preciso tirarle a boca de jarro.
El tigre dio entonces tres pasos más y se enderezó para lanzarse.
Oyose una violenta detonación, que fue seguida casi inmediatamente de otra.
Esta segunda detonación se produjo en el cuerpo mismo del animal, que, después de tres o cuatro sacudidas y otros tantos rugidos de dolor, cayó exánime en el suelo.
—¡Maravilloso! —exclamó el capitán Hod—. Mi fusil estaba cargado con bala, y con la bala explosiva. Gracias, Fox, gracias.
—¿Es posible? —exclamé yo.