La casa de vapor

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Inútil es decir que desde el instante de nuestra llegada, el Gigante de Acero produjo su efecto habitual, siendo muy admirado y quizá también muy envidiado. Sin embargo, debo hacer constar que los huéspedes que ocupaban a la sazón el serai, le miraron con cierto desdén, demasiado afectado para ser verdadero.

Es verdad que no eran simples mortales que viajasen por distracción o por negocios. Tampoco eran oficiales ingleses que volvían a los acantonamientos de la frontera del Nepal, ni mercaderes indios que conducían su caravana a las estepas del Afganistán, más allá de Lahore o de Peshawar.

Era nada menos que el príncipe Gurú Singh en persona, hijo de un rajá también, y que viajaba con gran pompa hacia el norte de la península india.

Este príncipe ocupaba no solamente las tres o cuatro salas del serai, sino también todas las inmediatas, que habían sido arregladas para que pudiera alojarse en ellas su comitiva.

Yo aún no había visto un rajá en viaje. Así, luego que se organizó el campamento a un cuarto de milla del serai, en un sitio delicioso y al abrigo de magníficos pandanos, marché en compañía del capitán Hod y de Banks a visitar el campamento del príncipe.


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