La casa de vapor
La casa de vapor El hijo de un rajá que se mueve de su residencia no se mueve solo ni mucho menos. Si hay personas a quienes yo no puedo envidiar, son aquellas que no pueden mover una pierna ni dar un paso sin poner inmediatamente en movimiento a centenares de hombres. Más vale ser un simple peatón con el morral a la espalda o el palo en la mano o el fusil al hombro, que prÃncipe viajero por la India, con todo el ceremonial que su categorÃa le impone.
Entre los titiriteros, habÃa encantadores de serpientes.
—No es un hombre que va de una ciudad a otra —me dijo Banks—; es un pueblo entero que modifica sus coordenadas geográficas.
—Prefiero la «Casa de Vapor» —respondà yo—, y no me cambiarÃa por ese hijo de rajá.
—¡Y quién sabe —dijo el capitán Hod—, si ese prÃncipe no preferirÃa también nuestra casa portátil a todo el aparato de que está rodeado!
—Que diga una palabra —exclamó Banks—, y yo le construiré un palacio de vapor, con tal que lo pague. Pero mientras lo encarga, veamos si su campamento merece la pena de ser examinado.