La casa de vapor

La casa de vapor

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A esta voz siguió una nueva descarga dirigida casi a boca de jarro sobre el grupo de gunds que rodeaba a Nana Sahib y su hermano.

Cinco o seis cayeron; los otros se arrojaron al torrente del Nazur y desaparecieron bajo los primeros árboles del bosque.

—¡Nana Sahib, Nana Sahib! —gritaron los ingleses, penetrando en el estrecho barranco.

Entonces uno de ellos, que había sido herido mortalmente, se incorporó tendiendo la mano hacia los ingleses.

—¡Mueran los invasores! —gritó con voz terrible todavía, y volvió a caer inmóvil.

El oficial se acercó al cadáver.

—¿Es este Nana Sahib? —preguntó.

—Él es, en efecto —contestaron dos soldados del destacamento, que, por haber estado de guarnición en Cawnpore, conocían perfectamente al nabab.

—Pues ahora vamos a por los demás —gritó el oficial.

Y todo el destacamento se precipitó hacia el bosque en persecución de los gunds.

Apenas habían desaparecido, una sombra pasó por el escarpe que coronaba el pal de Tandit.

Era la «Llama Errante», cubierta con una larga túnica parda ceñida a la cintura por el cordón de un langutí.


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