La casa de vapor
La casa de vapor La víspera por la noche, aquella loca había sido la guía inconsciente del oficial inglés y de sus soldados. Al volver al valle desde el día anterior, se dirigía maquinalmente al pal de Tandit, hacia el cual la llamaba una especie de instinto. Pero aquella vez la extraña criatura a quien creían muda dejaba escapar de sus labios un nombre, nada más que uno, el del asesino de Cawnpore.
—¡Nana Sahib, Nana Sahib! —repetía, como si la imagen del nabab, por algún presentimiento inexplicable, se hubiera presentado a su imaginación y a sus recuerdos.
Este nombre llamó la atención del oficial. Siguió los pasos de la desventurada, la cual no parecía advertirlo ni ver a los soldados, que la siguieron hasta el pal de Tandit. ¿Era allí donde se había refugiado el nabab cuya cabeza había sido puesta a precio? El oficial adoptó las medidas necesarias; hizo vigilar el lecho del Nazur, y esperó la llegada del día. Cuando Nana Sahib y sus gunds entraron en el torrente, se les recibió con una descarga que hizo caer a muchos, y entre ellos al jefe de la insurrección de los cipayos.