La casa de vapor
La casa de vapor Tal fue el encuentro que el telégrafo anunció el mismo día al gobernador de Bombay. Aquel telegrama recorrió toda la península; los periódicos lo reprodujeron inmediatamente, y así pudo llegar a conocimiento del coronel Munro, el veintiséis de mayo, por medio de la Gaceta de Allahabad.
Esta vez no se podía dudar de la muerte de Nana Sahib. Su identidad estaba reconocida, y el periódico podía decir con razón que el reino de la India no tenía ya nada que temer del cruel rajá.
La loca, mientras tanto, después de haber salido del pal de Tandit, bajó al lecho del Nazur. De sus ojos hoscos salía como el resplandor de un fuego interno que se hubiera encendido repentinamente en ella, y maquinalmente sus labios repetían el nombre del nabab.
Así llegó al sitio donde yacían los cadáveres y se detuvo delante del que había sido reconocido por los soldados de Lucknow. El rostro contraído de aquel muerto parecía todavía amenazar a los ingleses. Hubiérase dicho que, habiendo vivido tan solo para la venganza, el odio sobrevivía aún en él.