La casa de vapor
La casa de vapor La loca se arrodilló, se apoyó con las manos sobre el cuerpo acribillado de balas, cuya sangre manchó los pliegues de su túnica, le observó atentamente, y después, levantándose y sacudiendo la cabeza a un lado y a otro, bajó con lentitud por el lecho del Nazur. La «Llama Errante» había vuelto a caer en su indiferencia habitual, y su boca no repetía ya el nombre maldito de Nana Sahib.