La casa de vapor
La casa de vapor El proveedor movió la cabeza de arriba abajo. Sin embargo, la calidad de cazadores no le hizo retirar su invitación.
—Cuando ustedes lo deseen les llevaré a mi kraal.
En aquel momento se oyeron muchas voces en el bosque y una media docena de indios se presentaron en un recodo de la gran calle que se extendÃa más allá de la plazoleta.
—Allà están mis servidores —dijo Mathias Van Guitt.
Después, acercándose a nosotros y poniéndose un dedo en la boca, adelantó un poco los labios, y dijo:
—No digan ustedes una palabra de mi aventura. No quiero que el personal de mi kraal sepa que me he dejado coger en mi propia trampa como un animal vulgar. Esto podrÃa rebajar el prestigio que debo conservar siempre a sus ojos.
Una señal de silencio por nuestra parte tranquilizó al proveedor.
—Mi amo —dijo uno de los indios, cuya fisonomÃa impasible e inteligente llamó mi atención—, hace más de una hora que estamos buscándole.
—Estaba con estos señores, que tienen la gentileza de acompañarme hasta el kraal —respondió Van Guitt—. Pero antes de salir de esta plazoleta conviene poner la trampa en buen estado.