La casa de vapor

La casa de vapor

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Los indios procedieron a la reinstalación de la trampa, y durante este tiempo Mathias Van Guitt nos invitó a visitar el interior. El capitán Hod y yo le seguimos.

El sitio era un poco estrecho para el desarrollo de los ademanes de nuestro huésped, que operaba allí como si hubiera estado en un salón.

—Le felicito —dijo el capitán Hod después de haber examinado el artefacto—. Está muy bien ideado.

—No lo dude usted, señor capitán —dijo Mathias Van Guitt—. Este género de trampas es muchísimo mejor que los antiguos hoyos guarnecidos de estacas de punta endurecida al fuego y a los árboles flexibles encorvados en forma de arco y mantenidos por un nudo corredizo. En el primer caso, el animal se hiere, a veces mortalmente; y en el segundo, se suele estrangular. Esto importa poco, indudablemente, cuando lo que se quiere es destruir las fieras; pero yo las necesito vivas, intactas, sin ningún deterioro.

—Evidentemente —respondió el capitán Hod—, usted y yo procedemos de distinta manera.

—La mía es quizá la mejor —dijo Mathias Van Guitt—, y si se consultase a las fieras…

—Yo no las consulto —le interrumpió el capitán.

Decididamente, Mathias Van Guitt y el capitán no podían entenderse.


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