La casa de vapor

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El capitán Hod les hizo algunas preguntas, pero bajo otro punto de vista, y supo que algunas fieras, especialmente tigres, hacían espantosos estragos en las zonas inferiores del Himalaya, de tal manera que granjas y hasta aldeas enteras habían sido abandonadas por sus habitantes. Muchos rebaños de cabras y cameros habían sido destruidos y se contaba también gran número de víctimas entre los indígenas. A pesar del premio considerable ofrecido por el gobierno (300 rupias por cabeza de tigre), el número de estos no parecía disminuir y aun se sospechaba que en breve los hombres se verían obligados a cederles aquella parte del territorio.

Los montañeses añadieron también esta noticia: que los tigres no se limitaban a las orillas del Tarryani, sino que se les encontraba en gran número dondequiera que la llanura les ofrecía hierbas, matorrales o espesuras donde pudieran ponerse al acecho.

—¡Malditas bestias! —decían.

Aquella buena gente, como se ve, no profesaba, y con razón, respecto de los tigres, las mismas ideas que el proveedor Mathias Van Guitt y que nuestro amigo el capitán Hod.

Los montañeses se retiraron muy satisfechos de la acogida que se les había hecho, prometiendo renovar su visita a la «Casa de Vapor».


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