La casa de vapor

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—Ahora, señores —añadió Guitt—, buena suerte, pero prométanme ustedes no matarlos a todos.

—Ya le dejaremos a usted bastantes —respondió el capitán Hod.

Mathias Van Guitt, saludándonos con un gesto significativo y majestuoso, desapareció entre los árboles siguiendo la jaula que llevaba al tigre.

—En marcha —dijo el capitán Hod—, en marcha, amigos míos; vamos a ver si mato el número cuarenta y dos.

—Yo el treinta y ocho —añadió Fox.

—¡Y yo el primero! —exclamé.

Pero el tono con que pronuncié estas palabras hizo sonreír al capitán. Evidentemente, yo no poseía el fuego sagrado.

Hod se había vuelto hacia Kalagani preguntándole:

—¿Conoces bien este país?

—Lo he recorrido veinte veces de noche y de día en todas direcciones —respondió el indio.

—¿Has oído decir que hay algún tigre por aquí, en los alrededores del kraal?

—Sí, una tigresa. La han visto a dos millas de aquí en lo alto del bosque y desde hace algunos días tratamos de apoderamos de ella. ¿Quieren ustedes que…?

—¡Sí, queremos! —respondió el capitán Hod, sin dejar al indio acabar su frase.


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