La casa de vapor
La casa de vapor —Pues bien, prosigo —dijo Banks—. Se han dirigido ustedes a un constructor de carruajes que es al mismo tiempo arquitecto y les ha construido una casa portátil bien hecha, bien distribuida y que responde a las exigencias de un hombre inteligente y amigo de sus comodidades. No es demasiado alta a fin de evitar vuelcos; no es demasiado ancha para poder pasar por los caminos y está ingeniosamente suspendida sobre muelles para que el movimiento sea fácil y suave. Ha sido fabricada para nuestro amigo el coronel y en ella nos ofrece hospitalidad. Perfectamente: vamos, si lo desean, a los paÃses septentrionales de la India a manera de caracoles, pero de caracoles que no están adheridos a sus conchas. Todo está pronto; nada se ha olvidado, ni siquiera el cocinero ni la cocina. Llega el dÃa de la marcha; vamos a marchar, todo está a punto…, ¿y quién tira de la casa con ruedas, amigo mÃo?
—¿Quién? —exclamó el capitán Hod—. Mulas, burros, caballos y bueyes.
—Por docenas —dijo Banks.
—Elefantes —prosiguió el capitán Hod—, sÃ, elefantes. Esto sà que serÃa soberbio y majestuoso, una casa movida por un tren de elefantes bien adiestrados, de marcha altiva, galopando como los mejores caballos del mundo.
—Eso serÃa magnÃfico, mi capitán.
—Un tren de rajá en campaña, amigo Banks.