La casa de vapor
La casa de vapor —SÃ, pero…
—¿Pero qué? ¿Hay todavÃa algún pero? —preguntó el capitán Hod.
—Y muy grande.
—¡Qué ingenieros! Solo son buenos para encontrar dificultades en todas partes.
—Y para superarlas cuando no son insuperables —respondió Banks.
—Pues bien; supere usted esa.
—La supero y voy a explicar cómo. Todos esos motores de que ha hablado el capitán ciertamente pueden tirar de la casa, pero también se fatigan; también en ocasiones no quieren marchar y se obstinan, y sobre todo comen mucho. Ahora bien, por poco que puedan escasear los pastos, como no se pueden remolcar quinientas fanegas de dehesa, se detiene el tiro, se cansa, cae, muere de hambre y la casa no rueda ya y queda tan inmóvil como este bungalow donde discutimos ahora. De ahà se deduce que dicha casa no será práctica hasta el dÃa en que pueda ser una casa movida por el vapor.
—Que corra por los carriles —exclamó el capitán encogiéndose de hombros.
—No, sino por los caminos ordinarios —respondió el ingeniero—; y arrastrada por una locomotora perfeccionada.